20 de enero de 2026

Durante gran parte de mi vida, especialmente en los últimos años, he intentado tener un control absoluto de mi vida, tanto de aquellos aspectos que dependen de mí como de los que no, provocándome ansiedad y frustración constantes.

Yo pensaba, según me habían contado, que cada uno puede hasta cierto punto, tener el control de su vida y dirigirla al lugar que desee. Evidentemente, hay muchos aspectos que escapan a ese supuesto control: puedes enfermar, puedes tener un accidente, alguien puede decidir fastidiarte, o puedes simplemente «tener mala suerte» como se suele decir. Pero por lo general, la idea de que puedes construir tu futuro a medida y «hacerte a ti mismo» está muy extendida.

Sin embargo, la realidad que me he encontrado no encaja del todo con esa visión ambiciosa y maleable de la vida. Con los años te das cuenta de que ya solo el contexto donde hayas nacido, así como tu ciudad o tu país te condicionan, te limitan en cuanto a opciones y oportunidades. También tu aspecto físico, tu color de piel, tu inteligencia o tu capacidad para aceptar un fracaso. Ojo, no quiero sonar victimista, tengo la suerte de encontrarme en una situación socioeconómica decente, vivo en un país desarrollado y he tenido hasta ahora una infancia y una juventud como mínimo, agradable, y por momentos feliz. Lo que intento vislumbrar aquí va más allá. Tampoco quiero sonar visionario, cuando escribo esto precisamente en un arrebato tras estar una hora aprendiendo sobre Camus y la filosofía del absurdo (os invito a conocer sus ideas si os parece interesante este tema).

Como decía antes, la magnitud de la importancia de la suerte o azar en la vida es tal, que ya desde el encuentro entre el óvulo y el espermatozoide que nos ha permitido, a cada uno de nosotros, estar hoy aquí y leer (o escribir) estas líneas; desde ese momento estamos marcados. La vida se desarrolla desde el embrión en medio de un temporal azotado por genes, microorganismos, probabilidades, decisiones de nuestros padres, influencia de nuestro entorno, etc. Si hablamos de tener el control, ni siquiera es decisión nuestra nacer o no. Luego, una vez puestos en el mundo, obsequiados con un cuerpo y una mente (limitados, en distintos aspectos, dependiendo de cada cual), nuestras pequeñas decisiones, conscientes o no van marcando y van delimitando lo que será nuestro futuro.

Volviendo al presente, al comienzo de esta reflexión decía que durante años he intentado tener el control de muchos aspectos de mi vida, y he tratado de obtener respuestas a cuestiones que no las tienen, y no conseguirlo me producía una profunda angustia vital. Pues bien, si escribo esto es porque esa visión de la vida ha cambiado. Ahora intento sentirme a gusto en cualquier situación, intentar sacar algo positivo siempre del presente, y confiar ciegamente en que todo saldrá bien.

No estoy seguro de qué me ha llevado hasta este punto de vista, quizás fue el fallecimiento de algún familiar, o la ausencia de brújula interna que provoca empezar a ser adulto, y que nadie tome decisiones por ti. Quizás fueron las incontables noches leyendo, viendo vídeos y pensando en mil cosas, a veces profundas y otras no tanto. Quizás fue enamorarme, y comprobar que escuchar a mi intuición y no a mi mente me ha permitido conocer a la persona más maravillosa que tengo en mi vida. O comprobar también, la cantidad de casualidades y decisiones que nos llevaron a cruzarnos el uno con el otro.

No lo se, y creo que no le daré más vueltas para intentar buscar esa respuesta. Como dije antes, mejor centrarse en el presente y confiar en que todo saldrá bien.

«Siempre sale bien»

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