23 de marzo de 2026

El sueño y la noche me hacen pensar en todo lo que está pasando últimamente en mi vida. Normalmente hubiese temido por todas las cosas que pueden salir mal, la ansiedad me habría paralizado por completo, pero esta vez es distinto, es nuevo. Claro que ha habido momentos de nervios y desesperación, pero poco a poco han sido sustituidos por calma, paciencia y esperanza.

El reto que tenemos delante es el más grande que hemos tenido hasta ahora, pero también es el primero para el que no estamos solos.

Cuando siento miedo y mi mente tiende a pensar en lo negativo, me basta con mirarla unos segundos, respirar, y en seguida desaparecen esos pensamientos. Se que todo irá bien.


Escribí ese párrafo hace unos meses, mientras viajaba en coche como pasajero por la mañana, muy temprano, y me ha parecido buena idea compartirlo junto a un fragmento que encaja muy bien con la emoción que quería describir entonces.

¿A qué aspiro con esta página? No a que su contenido ni su lectura os trastornen, sino a que vuestra reflexión sobre ella no os deje ilesos. No a que dejéis de ser como sois, sino a que seáis más vosotros que nunca. No enarbolo el estandarte de las verdades transitadas y marchitas; no os halago, ni os denigro, ni os sublevo: dejo simplemente que mi corazón fluya y se exprese con la libertad que deseo para el vuestro. Yo querría invitaros a emprender una urgente aventura. YA: sea el día que sea y la hora que sea. Una aventura secreta y extravertida a la vez; de la que no regreséis, o de la que regreséis más arrogantes y humildes, más humanos por tanto. Una aventura y un viaje que hay que iniciar con las manos vacías, como si la decisión os hubiera cogido de repente, imprevistos por quienes os aconsejan, sin equipaje apenas para andar más ligeros. Un viaje que casi todos calificarán de inútil y de pérdida de tiempo, como si el tiempo fuese el oro verdadero. Tendréis que dejar en la partida el lastre de creencias e ideas que hasta ahora se os dieron como incuestionables. Para avanzar por el camino del que os hablo estorba cualquier peso, y hay que ir a cuerpo limpio.

Por supuesto, os asaltará el temor al vacío, al territorio insólito, a la ausencia de andaderas, de protección y de asesores. Pero tendréis de vuestra parte una intuición: la de que la aventura es imprescindible, porque al final de ella os aguarda la primera verdad, la que os configura y os define. Tendréis de vuestra parte la certeza de que la vida que llevabais —ordenada, reglada, almidonada dentro de un armazón bien conocido— estaba llena de fisuras apenas perceptibles, que alguien (y quizá también vosotros mismos) se había empeñado en que ignorarais. Reconocedlas ahora con rigor; agrandadlas con vuestras uñas; derribad el muro que os tranquilizaba —y os limitaba al mismo tiempo— frente al mundo de fuera, peligroso y mayor… El pequeño universo que ese muro circunscribe no os basta ya: el que anheláis es más coloreado y más intrépido. El trayecto minucioso que proyectaron quienes os quieren a su manera tampoco os sirve ya. La nueva ruta, indecisa, que se concreta a medida que se hace, zigzaguea por más amplios campos, hacia horizontes compartidos. A simple vista no aparece: es un sino interior el que la marca; habéis de abandonaros a él. Y con todo, quizá os extraviéis. Bendito extravío, os digo: fuera de las sendas trilladas, avanzaréis después cogidos de una mano, o enlazando con vuestro brazo un brazo amigo. Por eso, fuera el miedo, que también pesa. Avanzad sin él.

Habrá voces familiares que os adviertan de la equivocación. Tendréis que apretar los dientes y seguir, igual que en esos cuentos en que el triunfo depende del valor, del ensimismado valor que desatiende las buenas voluntades castradoras. Y sentiréis, de cuando en cuando, la añoranza del resguardo casero, de la mesa dispuesta y del afecto que os enternecía. Sentiréis el desgarro de volverle la espalda definitivamente a vuestra costumbre, a vuestro horario confortable, a vuestros pequeños y cotidianos quehaceres y descansos. Sentiréis la amenaza de la soledad y del fracaso, y la tentación de abandonar la empresa, de tirar la toalla y de volver al punto de partida… No es fácil, ¿qué va a serlo? Pero debéis continuar, como conquistadores de un continente nuevo, adentrándoos en el mundo ancho y ajeno, y entregándoos a él como único procedimiento de que se torne propio. A pesar de que os recriminen y os repitan que volveréis con las orejas gachas; que reconstruiréis, con doble fatiga, el muro que os cercaba y achicaba; que restauraréis los cascotes derribados y los tradicionales escombros. A pesar de que os tachen de ilusos y de soñadores, como si la ilusión y los sueños no fuesen la más alta realidad; como si no estuviéramos hechos, en nuestra mejor parte, con la materia de la ilusión y de los sueños.

Subió Ícaro hasta cerca del sol con sus alas de cera, y cayó. Procurad construid las vuestras con ánimos que el calor y la altura no destruyan. Y no os olvidéis que el gran sol ciega los ojos sólo de quienes se le acercan y lo miran de hito en hito; que derrite, pero con besos de fuego, el vuelo de sus elegidos más valientes. Que la aventura personal supone riesgos es un hecho; que merece la pena, también. Permanecer en el cuarto de estar es mucho más seguro. Por eso os invito a jugaros enteros, a poner en el punzante asador toda la carne. Y sabeos acompañados por los que —cerca y lejos de vosotros— se pusieron de pie para acometer idéntica aventura: la de doblar la estatura propia subiéndose sobre el pedestal de los propios hombros y no de los ajenos. ¿Para qué aguardar más? Levantaos y empezad la tarea.

Carta a los herederos (Antonio Gala, 1995)

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